|La pobreza que no vemos

Los estudiantes
universitarios
de Carolina del
Norte luchan
contra los embates
de la pobreza

por Rupen R. Fofaria

Presentado por Microsoft News en asociación
con Spotlight on Poverty and Opportunity

KENANSVILLE, N.C. — El objetivo de Ken Outlaw era graduarse del colegio comunitario con un promedio general de 4.0. Quería compensar el hecho de haber abandonado la preparatoria, lo que consideraba como uno de los peores errores de su vida. Quería demostrarle a su familia, y especialmente a su hijastra con necesidades especiales, que podía hacerlo. Quería mostrar su potencial a sus futuros empleadores.

La tarea no era nada fácil pues tenía que trabajar el turno de las noches y cubrir cualquier hora extra que le pedían.

Llegaba a casa a las 2 a.m. y se iba directo a la cama. Con su objetivo de obtener un promedio de 4.0 bien claro en la mente, ponía la alarma para despertarse a las 6 a.m. y prepararse para la escuela. A las 7 a.m., se dirigía a sus clases en el Colegio Comunitario James Sprunt de Kenansville, N.C. Luego se iba a trabajar, y no llegaba a su casa hasta la madrugada. Exhausto. Fatigado. Dos horas después de la medianoche.

“Fue muy difícil, pero no le tengo miedo al trabajo duro”, afirmó Outlaw. “En esos días, solo pensaba que valía la pena el esfuerzo para ofrecerle una vida mejor a mi familia”.

Hubo ocasiones en las que estaba seguro de que no lo lograría. Aunque tenía una gran determinación, con cuatro horas de sueño al día estuvo a punto de que se desvaneciera su sueño de graduarse con un promedio perfecto, obtener su diploma de soldador y mejorar la situación de su familia.

Entonces llegó el huracán Florence. Y el sueño casi desapareció por completo.

El agua se elevó como un océano alrededor de su casa, inundó el porche delantero y alcanzó más de cuatro pies de altura en su habitación. Su casa quedó aislada, como una isla en el centro de los campos de cultivo de Carolina del Norte.

Author Rupen R. Fofaria

Rupen R.
Fofaria

DEC 2, 2019

Rupen R. Fofaria es reportero de EdNC, una organización digital de noticias cívicas con sede en Carolina del Norte. Es de Garner, Carolina del Norte.

Un diploma de colegio comunitario puede ayudar a algunos graduados a tener un ingreso potencial hasta 55% mayor, de acuerdo con el Departamento de Comercio de Carolina del Norte. Los colegios comunitarios ofrecen esperanza para los residentes del este de Carolina del Norte, quienes viven en pueblos principalmente rurales con pocas industrias y oportunidades, por lo que apenas pueden ganar lo suficiente para vivir. Para estas comunidades, los colegios comunitarios y sus estudiantes ayudan a atraer nuevos negocios y representan una esperanza para reconstruir las economías locales.

Sin embargo, con la frecuencia cada vez mayor de los desastres climáticos, como las tres inundaciones de gran escala que se presentaron en tan solo tres años, las pocas esperanzas de los estudiantes de colegios comunitarios del este de Carolina del Norte se ponen en riesgo, pues los estudiantes se ven forzados a buscar un balance entre su sueño de conseguir un diploma y la necesidad de obtener lo más básico, como vivienda y comida.

La inundación provocó que Outlaw tuviera que buscar tiempo y dinero desesperadamente para salvar su hogar. Veía a su familia y se preguntaba si tendría la capacidad de brindarles refugio y comida mientras completaba sus estudios.

Y no era el único.

Hombre en casa sin paredes dañada por tormenta

Ken Outlaw en su ahora casa abandonada, que tiene el interior de la estructura destruido. Fotografía de Rupen R. Fofaria.

Los colegios comunitarios ofrecen escaleras de oportunidad

El sistema de colegios comunitarios de Carolina del Norte es el tercero más grande del país, con más de 700,000 estudiantes inscritos en 58 colegios este año. Su infraestructura es tan grande, que presume que ningún habitante de la región puede conducir 30 millas sin pasar una de estas instituciones. Y también es uno de los más económicos del país, con un costo promedio inferior a $2,000 por año para los estudios de tiempo completo dentro del estado.

El gobernador del estado, Roy Cooper, suele resaltar la conexión entre la economía de Carolina del Norte y sus colegios comunitarios, lo que es un vínculo natural, tomando en cuenta que el 40% de los asalariados de Carolina del Norte asistieron a un colegio comunitario en los últimos 10 años.

Estos estudiantes muchas veces han tenido que superar obstáculos importantes, incluso antes de que comenzara el clima extremo reciente. Más de la mitad de los estudiantes viven con su familia para poder pagar sus estudios, y más del 40% de los estudiantes trabajan 30 horas a la semana o más. Alrededor del 25% de ellos trabajan a tiempo completo y estudian a tiempo completo.

Los estudiantes típicos de estos colegios no acaban de salir de la preparatoria. Una cuarta parte de los estudiantes de colegios comunitarios tienen más de 25 años, y más o menos la misma cantidad de ellos son padres solteros. Un informe reciente reveló que el simple hecho de tener el sustento básico representa un desafío para muchos estudiantes de colegios comunitarios, pues casi la mitad de los participantes declaró tener algún nivel de inseguridad alimenticia.

Ginger Jenkins no pensaba asistir a un colegio comunitario. Había desarrollado una buena carrera de contabilidad al aprender sobre la marcha durante unos 20 años. Sin embargo, su salario ya no podía aumentar más. Un día, su jefe le dijo que ya no la necesitaban. La empresa despidió a Jenkins. En ese momento se dio cuenta de que su experiencia cumplía los requisitos de muchas ofertas de empleo, pero su educación no.

“Esto fue lo que me hizo abrir los ojos”, afirmó.

En muchos casos, el hecho de vivir en Carolina del Norte puede ser una solución sencilla para este problema.

Jenkins es una madre soltera. También tiene más de 25 años y trabaja a tiempo completo. Sin embargo, cuando la despidieron, se decidió a no caer en la categoría de inseguridad alimenticia. Pero tenía cuatro bocas que alimentar y también estaba cuidando de su padre, un adulto de edad avanzada.

CÓMO PUEDES AYUDAR

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La principal prioridad era encontrar una vivienda

Al igual que Outlaw, Jenkins se inscribió en Sprunt con la esperanza de facilitar un poco la vida de su familia.

Vivía con sus cuatro hijos a un pueblo de distancia de Outlaw, en una casa acogedora de Wallace, a alrededor de una milla hacia el noreste del río Cape Fear. Su padre vivía en la casa contigua.

Ella debía equilibrar la carga de sus estudios en el colegio comunitario con el cuidado de sus hijos, que estudiaban la secundaria y preparatoria. Antes de que llegara Florence, dormir muy poco era lo normal. Se había acostumbrado a las urgencias diarias y siempre pensaba en el siguiente elemento de su lista de pendientes.

Dejar a los hijos en la escuela. Listo.

Ir a Sprunt y trabajar un poco en la oficina de impuestos. Listo.

Ir a clases. Estudiar. Listo.

Trabajar como maestra sustituta de medio tiempo para ganar un poco más de dinero. Listo.

Recoger a los hijos y ayudarles con su tarea. Listo.

Preparar una larga noche de estudios para las clases del día siguiente. Listo.

Y entonces, en septiembre del año pasado, Jenkins y su familia perdieron casi todo lo que tenían cuando llegó el huracán Florence. Cuando evacuaron, solo pudieran llevarse la ropa necesaria para unas dos semanas, como máximo. Cuando regresaron, no quedaba nada.

El agua del río subió tanto que, cuando comenzaron a desmantelar la casa, quitaron secciones enteras de las paredes y los pisos sin encontrar ningún fragmento de madera o yeso en buenas condiciones.

La casa fue una pérdida total. La demolieron con ayuda de sus amigos y familiares. Ahora, todo lo que queda es un leve contorno cubierto de hierba en el lugar donde solía estar la casa.

“Mis hijos no entendían lo que realmente había pasado con la tormenta hasta que vieron la demolición de la casa”, afirmó. “Fue como si se dieran cuenta de que solían tener ciertas cosas y ahora ya no las tenían”.

Después de perder su casa, la principal prioridad era encontrar una vivienda. Encontraron una casa en renta, más pequeña que la suya, pero con un tamaño suficiente para toda la familia. Sin embargo, pasó más de un mes antes de que se volvieran a abrir las escuelas del condado de Duplin, por lo que su siguiente desafío fue encontrar el equilibrio entre cuidar de sus hijos, trabajar y continuar con la recuperación ante el desastre.

Ah, e ir a la escuela.

“Ella no sabía si podría hacerlo todo”, afirmó Amber Dail, una instructora de Sprunt cuyos hijos van a la misma escuela que los de Jenkins. “No podía imaginarme en la misma situación que ella estaba enfrentando. Era muy difícil y muy triste”.

Jenkins pasaba varias horas pensando qué hacer. Tenía un empleo. Mucha experiencia. Quería graduarse, pero más que nada, sabía que su familia la necesitaba. Necesitaban un hogar. Necesitaban un plan de reconstrucción que les dejara algo de dinero para comer. Y sus hijos necesitaban atención y ayuda para ponerse al corriente después de perder 30 días de clases.

Bajo estas circunstancias, ¿realmente podría graduarse?

La resistencia de los estudiantes se pone a prueba

Miles de estudiantes de los colegios comunitarios de las regiones costeras e interiores de Carolina del Norte, que abarcan una gran variedad de ciudades turísticas y trabajadoras, tuvieron que enfrentar la misma pregunta. Outlaw pensó en esa pregunta durante varias semanas. Esta pregunta era aun más difícil que haber tomado la decisión de inscribirse en el colegio comunitario.

Outlaw creció en el lado este de Carolina del Norte, en una familia de clase trabajadora. Le costaba trabajo entender las matemáticas y no le gustaba ir a la preparatoria. Al final, la idea de olvidarse de los problemas aritméticos y empezar a ganar dinero se hizo demasiado atractiva. Abandonó la escuela cuando estaba en el noveno grado.

“Fue uno de los peores errores de mi vida”, afirma actualmente. “Siento empatía por cualquier otra persona que haya abandonado la escuela porque sé lo difícil que se vuelve la vida al tomar esa decisión”.

Outlaw trabajó en diferentes empleos con salario mínimo e hizo un gran esfuerzo para mantenerse. Se casó y, algún tiempo después, comenzó su propio negocio de remolque. Cuando ahorraron un poco, él y su esposa comenzaron a buscar una casa. Al igual que muchas otras parejas jóvenes, hicieron una lista de las características que buscaban en la casa de sus sueños. Querían un refugio cómodo en el campo donde pudieran plantar árboles frutales.

Se mudaron a una casa aislada de un solo piso en Beulaville, a solo 10 millas de Kenansville y a dos millas hacia el oeste del río. Ahí plantaron árboles de manzana, pera, durazno e higo.

Sin embargo, con el paso de los años, Outlaw se dio cuenta de que el hecho de haber abandonado la escuela representaba un límite para sus ingresos potenciales. Aunque obtuvo su certificación GED unos 12 años después de abandonar la escuela, cada vez sentía una mayor necesidad de completar un curso correctivo en una carrera profesional, con la esperanza de aprender un buen oficio y ofrecerle a su familia una mayor seguridad financiera.

“Podíamos ver la luz al final del túnel después de todo el tiempo que no tuve ingresos fijos por estar en la escuela. Por fin estábamos ahorrando un poco de dinero y, entonces, pum, llegó Florence”.

— Ken Outlaw

“Solo recuerdo que pensaba que cada día era menos joven”, afirmó. “Realmente no quería esperar más tiempo”.

Entonces, vendió su camión de remolque, que era el único activo de su negocio, y utilizó el dinero para inscribirse en el colegio comunitario. Con el dinero del camión, los empleos que podía obtener ocasionalmente y un poco de ayuda financiera, fue capaz de comenzar su proceso en el colegio comunitario.

“No vivíamos muy bien”, dijo, “pero pagábamos las cuentas a tiempo y teníamos comida en la casa. Yo cortaba céspedes, podaba árboles, transportaba basura, recogía desperdicio de metal y hacía cualquier otro tipo de trabajo que pudiera encontrar”.

Cuando Outlaw se inscribió en Sprunt, estableció un objetivo para sí mismo y lo compartió con su familia. Quería trabajar. Quería mantener a su familia. Y quería superar sus dificultades para las matemáticas. Quería obtener las calificaciones más altas.

“Era importante para mí porque quería que mi hijastra lo viera”, dijo. “Quería que viera que uno puede lograr algo así si se lo propone”.

Sabía que las matemáticas le iban a costar trabajo. Trabajó de manera proactiva con los consejeros de Sprunt y solicitó la ayuda de un tutor para hacer prácticas adicionales de matemáticas. Outlaw hizo todo lo necesario para cumplir su objetivo durante los primeros tres semestres: obtuvo la calificación más alta en todas las materias, tuvo un registro de asistencia perfecto y apareció en la lista del presidente de cada semestre. Al mismo tiempo, encontró la manera de trabajar como voluntario en el programa Spartan Table del colegio, que se dedica a ofrecer despensas para que los estudiantes necesitados no pasen hambre.

Al comenzar su último semestre en Sprunt, Outlaw obtuvo un empleo como soldador principiante por medio de algunos contactos que hizo en el colegio. Comenzó a obtener un salario fijo por primera vez en varios años, lo que al fin creó cierta distancia entre sus ingresos y sus gastos.

“Podíamos ver la luz al final del túnel después de todo el tiempo que no tuve ingresos fijos por estar en la escuela”, afirmó. “Por fin estábamos ahorrando un poco de dinero y, entonces, pum, llegó Florence”.

Solo había pasado un mes desde que comenzó a trabajar como soldador.

Cuando los informes de amenaza de inundación llegaron junto con la tormenta, Outlaw se preparó para lo peor que pudo imaginar… pero su imaginación se quedó corta.

La familia de Outlaw tuvo que evacuar hacia Potters Hill antes de que llegara el huracán. Él no estaba muy lejos, pero esperó hasta el último momento para poder mantener conectada la electricidad durante todo el tiempo posible, pues quería salvar el contenido de su refrigerador y congelador. Cuando salió de su casa, la carretera ya estaba parcialmente inundada.

Después de que pasaron los vientos de la tormenta, tomó una sierra eléctrica y se abrió camino entre los árboles caídos para visitar la casa.

“No había agua en la casa cuando llegué”, dijo, “pero yo sabía que el nivel del agua estaba creciendo y el problema no había terminado”.

Entonces, regresó a Potters Hill con su familia. Pasaron varias semanas antes de que pudiera regresar a su casa. De hecho, no tenía idea del estado en que estaba su casa, hasta que el departamento de bomberos visitó su calle en barco para tomar fotografías de las casas inundadas. El vecino de Outlaw lo etiquetó en una de las fotografías publicadas. Él no tenía idea de lo que podía esperar.

Pero esto era irrelevante. Nadie podría haberse preparado para lo que vio.

“Mi corazón se hizo un nudo”, dijo. “En ese momento supimos que tendríamos que enfrentar muchos daños”.

El agua se había infiltrado y se estancó en la casa durante varias semanas. La casa era una pérdida total. La familia de Outlaw pudo rescatar algunas cosas, como algunas fotografías que estaban colgadas en la pared, la medicina de su hijastra que estaba guardada en un mueble y algunas herramientas. Todo lo demás se convirtió en desecho: los muebles, las camas, los artículos electrodomésticos y los recuerdos.

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Poner todo en perspectiva

“En cierta manera, es como si regresáramos al principio, cuando éramos jóvenes y empezábamos nuestro propio camino”, dijo en los siguientes meses. “Esto duele, pero la vida sigue. La tormenta me ayudó a poner todo en perspectiva. Pude salvar a mi familia, y eso es todo lo que importa”.

Esto suele ser lo único importante al enfrentar un desastre. Más de 40 personas perdieron la vida en Carolina del Norte debido al huracán Florence. Nueve de esas personas fallecieron en el condado de Duplin, donde viven Outlaw y Jenkins. Sin embargo, inevitablemente, la realidad de las pérdidas se hace evidente cuando pasa el alivio de haber sobrevivido. Para Outlaw, esto sucedió un par de semanas después de que la inundación se llevó su casa. Estaba viviendo en la casa parroquial de su iglesia, que se le ofreció a él y a su familia de forma indefinida.

“Fueron muy generosos y nos ofrecieron un lugar para vivir sin ningún costo”, dijo Outlaw. “Pero no queríamos causar muchas molestias. Alguien más podría necesitarlo”.

Al recibir la noticia de que no calificaría para recibir un camper proporcionado por FEMA, Outlaw reunió el dinero que pudo para cubrir el gasto inesperado de buscar un refugio temporal, compró un camper usado de 31 pies y lo estacionó en su patio trasero arrasado por la tormenta. Se mudó ahí con su esposa, su hijastra adulta y sus tres perros.

Después de que se reanudaron las clases en Sprunt, Outlaw seguía ocupado intentando conseguir ayuda con FEMA. Algunos voluntarios de la iglesia lo ayudaban a desmantelar la casa y recoger los escombros. Se reunía con contratistas para averiguar cuánto le costaría reconstruir su casa. Después del trabajo, se recostaba en la cama ubicada en la parte trasera del camper atiborrado y estudiaba en su teléfono celular, pues la laptop no le servía de mucho sin acceso a WiFi.

Escuchaba a los tres perros, su esposa y su hijastra fuera de la habitación. Aunque hacía lo posible por concentrarse, le preocupaba que las condiciones desfavorables o el estrés le causaran convulsiones a su hijastra, quien había estado enferma durante varios años, pues el riesgo de convulsión aumenta con el calor y las emociones fuertes.

“Pude salvar a mi familia, y eso es todo lo que importa”.

— Ken Outlaw

“Era una pesadilla”, dijo Outlaw. “Podía estudiar un poco, pero era muy difícil. Fue la peor experiencia educativa que he vivido”.

Poco después de que se reanudaron las clases, FEMA le notificó que podían otorgarle un apoyo de $17,000 dólares, pero esto aún estaba muy lejos de los más de $40,000 que necesitaban para que la casa volviera a ser habitable. “No estábamos en una zona de inundaciones, por lo que no teníamos seguro contra inundaciones… Solo teníamos dos opciones: quedarnos con las manos vacías o reconstruir”.

Mientras tanto, recibió otra mala noticia. Con todo el tiempo que necesitaba para estas actividades imprevistas, ya no podía recibir las tutorías especiales de matemáticas. Y, con todo el trabajo que le costaba cubrir las necesidades básicas para él y su familia, su tiempo de estudio en el celular comenzó a ser insuficiente. Obtuvo una calificación de C- en matemáticas. Al igual que su tranquilidad, su promedio general de 4.0 estaba a punto de esfumarse.

“Esa fue la peor parte de toda la experiencia”, afirmó. “Tener que lidiar con los efectos acumulativos que acarrean estas tormentas”.

Tres niños se paran al borde de una carretera inundada mirando hacia el agua.

Los hijos de Ginger Jenkins observan las inundaciones masivas en el condado de Duplin, donde el agua cubrió varias carreteras e incluso cerró la Interestatal 40 después del paso del huracán Florence. Foto cortesía de Ginger Jenkins.

Outlaw y Jenkins son exactamente el tipo de personas de quienes hablan los políticos cuando promueven el sueño americano. Outlaw aceptó que abandonar la escuela fue un error. En lugar de amargarse, obtuvo un GED y se inscribió en el colegio comunitario para mejorar su situación personal y la de su familia. Jenkins perdió su empleo después de dos décadas de trabajar en la contabilidad. Ella se inscribió en el colegio comunitario para obtener un diploma que le permitiera solicitar el salario adecuado para su nivel de experiencia.

Ninguno de ellos quiere hacerse millonario rápidamente. Los dos están acostumbrados a trabajar duro. Y sin embargo, ambos estaban a punto de abandonar el colegio antes de tiempo porque una inundación masiva en su comunidad los forzó a elegir entre las necesidades básicas diarias y la promesa de un futuro más cómodo.

Y no son los únicos. Miles de estudiantes de colegios comunitarios de Carolina del Norte tuvieron que enfrentar esta decisión después de que tres tormentas masivas golpearon la costa de Carolina en los últimos tres años.

Un estudiante de flebotomía y padre soltero inscrito en el Colegio Comunitario de Carteret perdió sus ingresos de tres semanas debido a los daños causados por el huracán Florence. Una estudiante de administración de empresas del Colegio Comunitario de Bladen tuvo que ser rescatada en helicóptero cuando estaba en su casa y lo perdió todo. La casa de una estudiante asociada de artes del Colegio Comunitario de Coastal Carolina se declaró como inhabitable, por lo que tuvo que vivir con sus hijos en una tienda de campaña bajo su cochera.

Estas son solo algunas historias de estudiantes de colegios comunitarios que enfrentaron dificultades financieras después de que el huracán Florence amenazó con acabar con su habilidad de asistir a clases. En estos tres casos, como en muchos otros, los financiamientos de emergencia del estado les permitieron permanecer en la escuela al cubrir su renta, los pagos de su auto y sus gastos escolares. Sin embargo, otros miles de estudiantes tuvieron que dejar de ir a la escuela.

Los datos del estado revelaron que, después de Florence, el número de estudiantes de tiempo completo, medio tiempo y certificados que dejaron de ir a la escuela sumó un total equivalente a casi 1,500 estudiantes de tiempo completo.

Ahora, un año después, algunos de estos estudiantes lograron regresar a clases y graduarse. Otros se volvieron a inscribir, lo que provocó que su camino hacia la graduación sea más largo de lo que esperaban. Y, para otros más, la graduación es un sueño que ha quedado en espera.

“La repetición de las inundaciones, las pérdidas y los traumas hacen mella en nuestra resistencia colectiva”.

— Toddi Steelman, decana de la Escuela Ambiental Nicholas de la Universidad de Duke

En Carolina del Norte, la misión del Sistema de Colegios Comunitarios incluye “[abrir] la puerta a oportunidades educativas accesibles y de alta calidad que minimicen las barreras frente a la educación postsecundaria”…

Tradicionalmente, uno de los principales obstáculos para muchas de las personas que se inscribían en los colegios comunitarios era la dificultad para equilibrar un empleo remunerado y sus obligaciones familiares con el tiempo dedicado a las clases, el estudio o la capacitación.

Sin embargo, esto ha cambiado en los últimos tres años. Conforme las tormentas aparecen en el Atlántico con mayor frecuencia durante la temporada de huracanes, algunos se preguntan si este cambio será la nueva norma.

“Muchas personas de nuestras comunidades y de Carolina del Norte tienen miedo de lo que les podría suceder este año”, afirmó Toddi Steelman, decana de la Escuela Ambiental Nicholas de la Universidad de Duke. “Esto se nota en el rostro de las personas… Estamos lidiando con los efectos acumulativos que acarrean estas tormentas. Y estos efectos son muy severos para nuestras comunidades y nuestros servicios de emergencia. La repetición de las inundaciones, las pérdidas y los traumas hacen mella en nuestra resistencia colectiva”.

La resistencia es básicamente un prerrequisito para muchos estudiantes de colegios comunitarios. Muchos de ellos tienen que superar diferentes obstáculos desde antes de enviar sus solicitudes de inscripción.

Mientras que algunos estudiantes asisten al colegio comunitario para ahorrar dinero o complementar su carrera con otros certificados, muchos de ellos están buscando oportunidades que les puedan cambiar la vida.

Sin embargo, el riesgo de enfrentar el clima extremo para poder aprovechar estas oportunidades cada vez es más frecuente. Estas probabilidades marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso. Esta es una apuesta aterradora para los estudiantes de colegios comunitarios de estas regiones, al tomar en cuenta la clasificación demográfica de quienes viven en las comunidades más rurales del lado este de Carolina del Norte, sin mencionar el perfil del estudiante promedio de los colegios comunitarios.

“Los desastres afectan a todas las personas, pero también discriminan”, afirmó Steelman. “Sabemos que las personas más vulnerables, es decir, los pobres, las personas privadas de sus derechos, las personas con capacidades diferentes y los adultos mayores, son quienes más sufren en estos casos. Y ellos continúan sufriendo durante mucho tiempo después de que logramos recuperarnos quienes tenemos más recursos”.

Los estudiantes de colegios comunitarios suelen compartir esta vulnerabilidad. No es necesario que se presente un desastre natural sin precedentes, como los huracanes Matthew o Florence, para obligarlos a abandonar la escuela. Un auto descompuesto, un nuevo horario de trabajo, nuevas necesidades financieras o la enfermedad de un familiar, son algunos de los obstáculos que obligan a los estudiantes de todo el estado a dejar la escuela de lado durante un semestre o más.

Sin embargo, para miles de estudiantes de toda la región, Florence amenazó con convertirse en un factor decisivo.

Soluciones para cerrar brechas

Carolina del Norte ahora es una región más habituada y con más experiencia para enfrentar las tormentas. Después del huracán Florence, los legisladores asignaron fondos de emergencia por $5,000,000 para que el Sistema de Colegios Comunitarios del estado lo dividiera entre los 21 colegios afectados y ayudara a los estudiantes como Outlaw y Jenkins.

Sin embargo, para algunos estudiantes de los colegios comunitarios, parecía que los problemas eran demasiado grandes y las soluciones demasiado pequeñas. Una sensación de soledad frente a los problemas graves de la vida abruma a este grupo de estudiantes, quienes posiblemente no se atrevan a pedir ayuda.

“Supongo que eso es lo que se teme”, afirmó John Hauser, presidente del Colegio Comunitario de Carteret. “¿Saben que el dinero está ahí? ¿Se atreverán a pedir ayuda?”

Mientras los expertos en el medio ambiente y los políticos trabajan en crear soluciones de largo plazo, y mientras el estado ayuda con los fondos de emergencia para cerrar brechas, algunos colegios comunitarios están tomando un enfoque proactivo para prevenir la pérdida de estudiantes relacionada con las tormentas.

Por ejemplo, el Colegio Comunitario de Pamlico está adoptando un enfoque personal. Este es el menor de los 58 colegios comunitarios de Carolina del Norte y las inundaciones causadas por las tormentas recientes lo han afectado mucho, en cuanto a los daños a las instalaciones y por la cantidad de estudiantes que han abandonado sus carreras.

Para algunos estudiantes de los colegios comunitarios, parecía que los problemas eran demasiado grandes y las soluciones demasiado pequeñas.

Al no tener los recursos que se necesitan para los asesores y mentores, el presidente Jim Ross adoptó un enfoque de equipo para asegurarse de que los estudiantes sigan asistiendo a sus clases. Estas iniciativas tuvieron muchas formas, desde llamadas personales a los estudiantes que dejaron de inscribirse en sus clases, hasta un acercamiento con cada estudiante que aparecía en la lista de “purga”, que era la lista de los estudiantes que estaban inscritos pero no habían pagado el siguiente semestre y estaban en peligro de perder su inscripción.

“Decidimos ir más allá y ofrecer una mano amiga para decir “Nos preocupamos por ti. Déjanos ayudarte. Vamos a hacerlo juntos”, afirmó Ross. “Al trabajar en equipo, demostramos que nos importan las personas, no solo los números”.

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Graduación en mayo

Para Outlaw y Jenkins, la ayuda llegó por medio de organizaciones sin fines de lucro.

Jenkins no tuvo que pensarlo mucho para continuar asistiendo a la escuela. En cuanto sus hijos regresaron a clases y la familia pudo instalarse en su casa rentada, obtuvo el pequeño impulso y la tranquilidad que necesitaba.

“Es difícil mantener el enfoque en el trabajo y mantenerte al corriente”, afirmó el año pasado. “Mi motivación es saber que me voy a graduar en mayo. Trato de concentrarme en eso. … Mi plan es limpiar mi propiedad, graduarme, seguir trabajando… y espero poder reconstruir mi casa en un par de años”.

En mayo, ella terminó el primer elemento de esa lista. Con ayuda de sus amigos y familiares, reemplazó la ropa y los útiles escolares de sus hijos, los ayudó a terminar el año escolar, y se dedicó a estudiar durante el poco tiempo libre que le quedaba después de su trabajo y sus clases.

Ella se graduó en el mismo semestre que Outlaw. Incluso pudo caminar por el escenario.

“No pensé que fuera a lograrlo”, afirmó. “Pero lo hice. Entiendo que a veces es difícil seguir avanzando, pero no debemos rendirnos. Tenemos que seguir luchando”.

Sin embargo, su mente está llena de preguntas. ¿Qué pasará con su propiedad, que ha estado en su familia durante casi 100 años y ahora está vacía? ¿Y cuánto tiempo falta para que puedan volver a tener su propia casa?

“Las cosas mejoran todos los días”, afirmó Jenkins. “Es difícil para los niños. Ellos pensaban que esta iba a ser su casa para siempre. Mis hijos nunca se habían mudado a otra casa. Este era su único hogar. Fue difícil ver su casa destruida y entender que no vamos a regresar a nuestro antiguo hogar. Nos estamos intentando adaptar a la situación. . . Algunos días son muy tristes y otros son más alegres”.

Outlaw se las arregló para terminar su último semestre en Sprunt, principalmente al utilizar su teléfono celular para estudiar y hacer sus tareas. Cuando necesitaba su laptop, se iba a un McDonald’s para utilizar la señal WiFi del lugar. Sin embargo, con todo el dinero que estaba perdiendo, tuvo que enfrentar un gasto más: obtuvo una calificación de C en matemáticas y no alcanzó el promedio general de 4.0.

“El presidente de la escuela era un hombre muy bueno”, dijo Outlaw. “Me dijo que, cuando estuviera listo, podría volver a tomar la clase de matemáticas y él la pagaría”.

Pero el promedio de 4.0 tenía muy poca prioridad en ese momento. Su familia necesitaba un hogar y él tenía que enfocarse en otros objetivos. Hizo lo posible para terminar la carrera, apoyándose en todo el trabajo que hizo durante los primeros tres semestres, y obtuvo suficientes créditos para graduarse en mayo del año pasado.

Sin embargo, no pudo subir al escenario para recibir su diploma. Estaba ocupado buscando qué hacer con su propiedad dañada.

“Algunos días son muy tristes y otros son más alegres”.

— Ginger Jenkins

Encontró una casa pequeña en Goldsboro y ahora tiene que viajar 45 minutos hasta Kinston para asistir a su trabajo como soldador. Sin embargo, aún debe hacer los pagos de la segunda hipoteca de la casa que ya no va a poder reconstruir. FEMA está estudiando la posibilidad de comprarle la propiedad, pero Outlaw ya aceptó como una realidad el hecho de que la casa de sus sueños nunca volverá a ser su hogar.

Ya tiene casi 50 años y el dinero apenas le alcanza para sus necesidades cotidianas. Aún así, dice estar agradecido por tener un lugar para vivir y comida en la mesa. Tiene mucha fe y, a pesar de que su dinero se va tan rápido como llega, sigue rezando por los demás. Esta experiencia le enseñó que debe seguir trabajando duro y prepararse para el futuro.

“Mi fe se sacudió un poco, pero nunca la perdí”, dijo Outlaw. “Algunas veces me preguntaba ‘¿Por qué? ¿Por qué me sucedió esto a mí? ¿Por qué le sucedió a mi familia?’ Pero creo que Dios tiene un plan”.

Le gusta mucho su trabajo como soldador, pero, al igual que Jenkins, ahora tiene muchas dudas. Se pregunta cuánto tiempo podrá soportar su cuerpo este tipo de trabajo tan demandante. Se pregunta qué hacer con su casa dañada y enmohecida. Se pregunta si avanzó algo al obtener su diploma y un mejor empleo solo para tener que pagar una segunda hipoteca. Se pregunta cuánto tiempo podrá seguir pagando todo lo que necesita.

Un catalizador para el cambio duradero

Durante la primavera, Jenkins y Outlaw se reunieron con un grupo de personas de la Fundación Belk, una organización sin fines de lucro de Carolina del Norte que se asocia con organizaciones exitosas y sistemas escolares orientados a los resultados “con la esperanza de convertirnos juntos en catalizadores para un cambio duradero”.

El cambio duradero que esperaban crear para Jenkins y Outlaw? era la libertad financiera.

“Nos permitieron contar nuestra historia”, dijo Outlaw. “Fue un momento muy conmovedor. Algunas personas comenzaron a llorar. Fue muy emotivo”.

Belk les ofreció a ambos estudiantes becas para terminar una licenciatura. Los dos se inscribieron en la Universidad de Mount Olive, en la carrera de Administración de Empresas. Para Outlaw, este tipo de carrera le da la esperanza de obtener un trabajo de oficina duradero y bien remunerado. Para Jenkins, la licenciatura representa la posibilidad de reinventarse.

Aunque ha trabajado como maestra sustituta, tiene la esperanza de convertirse en maestra de tiempo completo después de graduarse en Mount Olive. Y su siguiente meta es obtener una maestría, pues tiene la esperanza de convertirse algún día en educadora de nivel universitario.

“Algunos días pensaba que tenía que concentrarme en arreglar todo esto y posponer la educación, pero he podido resolverlo hasta ahora”, dijo Jenkins. “Las cosas se han ido resolviendo por sí mismas. Hay días en los que no sé cómo se van a arreglar algunos temas, pero de alguna manera todo sale adelante”.

La beca no cubre alimentos. No cubre el costo de las casas perdidas. Jenkins y Outlaw aún tienen que enfrentar esas cargas, pero ambos están acostumbrados a los desafíos. Y si logran llegar a la graduación, ambos saben que sus hijos aprenderán una lección increíble con todo esto.

“Realmente no estaba listo para inscribirme este año porque aún tenemos que lidiar con todo esto”, dijo Outlaw mientras caminaba entre los escombros de su casa inundada. “Pero no quería quejarme. Es un gran honor y una oportunidad maravillosa”.

Outlaw recuerda aquella calificación de C- en su última clase de matemáticas en Sprunt más que cualquier otra que haya recibido. Ahora quisiera haber aceptado la oferta del entonces presidente interino Ken Boham para repetir la materia. Es un elemento que destaca, junto con la casa, como el defecto que no ha podido corregir con su trabajo duro desde el huracán Florence.

Pero espera que al graduarse de la universidad lleguen otras oportunidades que le permitan olvidarse de esa mala experiencia. No sueña con hacerse millonario, pero espera obtener un empleo bien remunerado después de la graduación para tener una mayor comodidad y poder comenzar a reconstruir su vida después de Florence.

“Aún no ha terminado”, afirmó. “La experiencia aún se repite en mi mente. Sigue muy presente para muchas personas”.

Cuando llegue el día en que Florence sea solo un recuerdo, si aún está dispuesto, esa clase de matemáticas lo estará esperando en Sprunt.

“La oferta sigue en pie”, afirmó Boham.

Aquí puedes ver la versión original en inglés de este artículo

Author Rupen R. Fofaria

Rupen R.
Fofaria

DEC 2, 2019

Rupen R. Fofaria es reportero de EdNC, una organización digital de noticias cívicas con sede en Carolina del Norte. Es de Garner, Carolina del Norte.

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